LEYENDA
EL COSTAZU
El valle de Bedoya tiene fama de ser un pueblo muy religioso. A principios del siglo pasado, hacia el año 1.910, existía una Cofradía llamada de San Antonio, protector de los animales; dicha Cofradía disponía de unos fondos crematísticos pero no sabían el rumbo que los debían de dar; por fin acordaron invertirlos y planearon comprar un jato para echarle al puerto con la cabaña de las vacas, posteriormente le venderían en el otoño y así podían obtener un rendimiento mayor. Pero ocurrió que la primera vez que se acercaron los lobos a la cabaña de las vacas, no repararon en otro animal que en el susodicho jato.
Había también un vecino de Esanos, llamado el "tíu Pólito", Hipólito Soberón, que tenía un rebaño de cabras; por aquella época las tenía en el monte de Lobada, ya que tenían cabritos y los tenía que dejar por el día en un invernal que había en Cedablo; el "tíu Pólito" contrató los servicios, por poco más que la comida, de un muchacho para pastorear su rebaño; el jovenzuelo se llamaba Benigno García, que apenas tenía 12 años, recibiendo por parte del dueño las siguientes instrucciones: “Suelta las cabras y las enveredas monte arriba; deja la perra con ellas y tu te vuelves al invernal, pelas algo de ará (hiedra) en los alrededores y se lo echas a los cabritos; cuando termines de hacerlo, te vuelves con las cabras”.
Así lo estaba haciendo, dejó las cabras con la perra en el Costazu regresando al invernal; de inmediato empezaron las cabras a zumbar los campanos, la perra a ladrar y el aturdido muchacho, con más miedo que otra cosa, emprendió la ascensión hacia el citado lugar para ver lo que allí estaba ocurriendo; la escena fue patética: enseguida se tropezó con una cabra muerta, más allá otra con convulsiones de muerte, una tercera con el vientre fuera, más arriba se topó con la perra que con ojos de impotencia le miraba en su agonía. "Los lobos", pensó; en fin, la inoportuna visita de los salvajes caninos supuso la pérdida de casi la mitad del rebaño y de la perra. El desconsolado y a la vez valiente muchacho, ante tal suceso, no vaciló en emprender una vertiginosa marcha hacia el pueblo de Esanos para dar la triste novedad al dueño del rebaño y el "tíu Pólito", una vez enterado del aciago incidente, no dudó en exclamar: “Si San Antonio no miró por su jatu, cómo va a proteger mis cabras?”. Eso era resignación.

El valle de Bedoya tiene fama de ser un pueblo muy religioso. A principios del siglo pasado, hacia el año 1.910, existía una Cofradía llamada de San Antonio, protector de los animales; dicha Cofradía disponía de unos fondos crematísticos pero no sabían el rumbo que los debían de dar; por fin acordaron invertirlos y planearon comprar un jato para echarle al puerto con la cabaña de las vacas, posteriormente le venderían en el otoño y así podían obtener un rendimiento mayor. Pero ocurrió que la primera vez que se acercaron los lobos a la cabaña de las vacas, no repararon en otro animal que en el susodicho jato.
Había también un vecino de Esanos, llamado el "tíu Pólito", Hipólito Soberón, que tenía un rebaño de cabras; por aquella época las tenía en el monte de Lobada, ya que tenían cabritos y los tenía que dejar por el día en un invernal que había en Cedablo; el "tíu Pólito" contrató los servicios, por poco más que la comida, de un muchacho para pastorear su rebaño; el jovenzuelo se llamaba Benigno García, que apenas tenía 12 años, recibiendo por parte del dueño las siguientes instrucciones: “Suelta las cabras y las enveredas monte arriba; deja la perra con ellas y tu te vuelves al invernal, pelas algo de ará (hiedra) en los alrededores y se lo echas a los cabritos; cuando termines de hacerlo, te vuelves con las cabras”.
Así lo estaba haciendo, dejó las cabras con la perra en el Costazu regresando al invernal; de inmediato empezaron las cabras a zumbar los campanos, la perra a ladrar y el aturdido muchacho, con más miedo que otra cosa, emprendió la ascensión hacia el citado lugar para ver lo que allí estaba ocurriendo; la escena fue patética: enseguida se tropezó con una cabra muerta, más allá otra con convulsiones de muerte, una tercera con el vientre fuera, más arriba se topó con la perra que con ojos de impotencia le miraba en su agonía. "Los lobos", pensó; en fin, la inoportuna visita de los salvajes caninos supuso la pérdida de casi la mitad del rebaño y de la perra. El desconsolado y a la vez valiente muchacho, ante tal suceso, no vaciló en emprender una vertiginosa marcha hacia el pueblo de Esanos para dar la triste novedad al dueño del rebaño y el "tíu Pólito", una vez enterado del aciago incidente, no dudó en exclamar: “Si San Antonio no miró por su jatu, cómo va a proteger mis cabras?”. Eso era resignación.


